Omnifoto imágenes de un fotógrafo accidental

Estambul

Texto J. Alberto Mariñas (© 2007 -prohibida su reproducción sin autorización expresa)

Turquía es hoy un país en el punto de mira de la actualidad y Estambul, su escaparate hacia el mundo. En los 80 fue Madrid y su movida, luego vinieron Berlín, Praga y ahora es la ciudad del Bósforo el lugar chic donde una corriente creativa y modernizadora puja por abrirse a Europa al tiempo que los buscadores de tendencias, las firmas de lujo, las sociedades de inversión inmobiliaria o hasta la Academia Sueca han decidido hacer sus apuestas. ¡No va más! La ruleta está en marcha… Estambul gana.

La última novela del turco Orham Pamuk, Nobel de Literatura 2006, se titula Estambul, pero si la ha leído no espere encontrar las calles y las gentes estambulíes dominadas por el hüzüm, la melancolía colectiva que invadía la ciudad en los años 50, cuando el autor era un niño. Esa tristeza derivada del sentimiento de pérdida y del rápido alejamiento de su pasado imperial al que la estulticia de los gobernantes primero y la primera guerra mundial después, pusieron fin para siempre ya no existe. Medio siglo después, Estambul es otra: bulliciosa, alegre, pujante, llena de vida, donde la gente de la calle es de sonrisa fácil y rebosa empatía con el visitante.

Unos datos: quince millones de habitantes, 90 por ciento de musulmanes, 1.500 kilómetros cuadrados (cerca de tres veces el municipio de Madrid), una parte en Europa, otra en Asia y todo el mundo empeñado en pasar de un lado a otro por los congestionados puentes de suspensión que unen por el cielo lo que el Bósforo separa en la tierra: dos continentes.

Pero los datos sólo son datos y no pueden transmitir el espíritu de Estambul. Para hacerlo hay que decir que en esta urbe conviven judíos, cristianos y musulmanes y que es necesario adentrarse en los barrios más cerrados para llegar a ver mujeres de miradas esquivas tras el velo y sentir la presión de ser diferente, de no pertenecer a una cultura y a una religión convertida en norma. El resto, tanto el Gran Estambul como su más reducido casco histórico, acoge a todos y da continuidad a un espíritu abierto que viene de antiguo. Tan atrás como la época otomana cuando el Cuerno de Oro recibía a muchos de los judíos expulsados de España, pero también a griegos, armenios, gitanos… cuyos descendientes forman aún parte del Estambul de hoy.

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Bizancio, Constantinopla, Estambul

Se podría decir que Estambul es a Turquía lo que Nueva York a Estados Unidos, una capital espiritual, un sumidero de todas las corrientes, un imán para los visitantes… aunque desde 1923 la capitalidad de la entonces recién constituida república resida en Ankara, una ciudad interior, menos vulnerable geoestratégicamente.

Esta urbe tiene una historia larga y sus vaivenes le han ido cambiando el nombre. Fue Bizancio, nombre de origen griego. En 330 Constantino el Grande la refunda como Nova Roma, pero el nombre no llega a tener arraigo y cuando la convierte en la capital del imperio romano de oriente (336) la ciudad toma su nombre y pasa a ser Constantinopla, la perla de la cristiandad. Su importancia era tal que los historiadores sitúan en el año de su caída en manos de los otomanos el fin de la Edad Media. Era 1453 y había nacido Estambul, si bien, hasta 1930, no se hizo oficial el cambio de nombre y su grafía actual.

Su más emblemático monumento, Santa Sofía, otrora templo cristiano, luego mezquita y hoy museo, tiene un pasado imperial. Fue erigida por Justiniano I, que quiso con ella construir el más grande templo de la cristiandad. En su propósito, un sueño: superar en grandiosidad al de Salomón. Mandó traer los materiales más preciosos de todo el imperio, piedra, mármoles, columnas, ornamentos… y encomendó la arquitectura a ingenieros militares – Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto – que en tan sólo cinco años, de 532 a 537, erigieron este templo que quince siglos después aún empequeñece al visitante con su bóveda de más de 56 metros de altura y 31 de diámetro, un prodigio técnico que da idea de la pericia alcanzada por la arquitectura bizantina.

Es cierto que los terremotos hicieron caer la cúpula años después pero no es menos cierto que aún hoy sigue en pie e impresiona por su luz y magnificencia. En su recorrido por los avatares religiosos, la basílica perdió parte de su esplendor. Los dorados mosaicos que hoy admiramos no son los mismos que vio Justiniano. Primero los iconoclastas destruyeron los originales, vendrían otros nuevos en el siglo nueve o diez, pero cuando la ciudad sitiada es conquistada por Mehmet II, “El Conquistador”, en 1453 Santa Sofía se convierte en mezquita y con el tiempo sus mosaicos fueron cubiertos por capas de yeso y perjudicados por sucesivas reformas, la peor de todas, la acometida por los franceses hermanos Fossati ya en el siglo XIX. Se necesitaron treinta años de trabajosa restauración, iniciada en 1932,  para poder llegar a la fragmentaria visión de los mosaicos que tenemos hoy en día.

Aljibes y mezquitas

Una de las grandes ventajas que ofrece Estambul al visitante es la proximidad entre los monumentos y lugares históricos de interés. A escasos metros de Santa Sofía, bajo tierra, se encuentra otra construcción civil coetánea: la cisterna de la Basílica (Yerebatan Sarayi), un enorme aljibe de 9.800 metros cuadrados que data de 532 y que se mantuvo en uso hasta finales del siglo XIV. Su construcción se realizó en pocos meses con columnas procedentes probablemente de templos paganos de Anatolia. En su día formaba parte de una red de 60 depósitos que recibían mediante acueductos el agua procedente del Bosque de Belgrado, a diecinueve kilómetros de Bizancio, y aseguraban el suministro a la ciudad en caso de asedio.

La visita a este telúrico espacio subterráneo resulta singular y muy recomendable. La iluminación es tenue, se escucha el repiqueteo cadencioso y continuo de gotas cayendo sobre el agua embalsada y se atisban las inquietantes sombras de peces que nadan en la oscuridad pero, sobre todo, impresiona el bosque de 336 columnas, que sujetan las bóvedas de ladrillo de la cisterna y le confieren el aspecto de un misterioso palacio sumergido. Las columnas montan capiteles de diferentes estilos y miden ocho metros de altura, todas menos dos más cortas, que completan su altura asentándose sobre sendas cabezas de Medusa, labradas en colosales bloques de piedra y que hoy, libres de agua alrededor e iluminadas con luces de colores de dudoso gusto, atraen la atención del osado visitante, ajeno a la maldición de la Gorgona, que con su mirada convertía a los seres en piedra.

Desde la salida de esta agradable sorpresa subterránea hasta la entrada de la Mezquita Azul apenas hay trescientos metros. Se encuentra frente por frente a Santa Sofía. Tomó de ella las soluciones arquitectónicas y su promotor, el Sultan Ahmed I, quiso que la superara en tamaño, cosa que, mil años después – fue iniciada en 1500 – los arquitectos no lograron. De todas las mezquitas estambulíes, ésta es la más ambiciosa, la que ha elevado hacia el cielo un mayor número de minaretes, seis, que igualaban el número de los que en su día jalonaban la Meca. Esta demostración de poderío le trajo al Sultán la satisfacción de su ego y recriminaciones por su pretenciosidad. Su solución, igualmente grandiosa: sufragó la construcción de un minarete más para la mezquita más sagrada del Islam. Fin de la afrenta

El acceso a la Mezquita Azul, como al resto de las mezquitas, es gratuito. Los visitantes deben llevar una  vestimenta respetuosa, no pueden entrar en el lugar reservado a la oración y han de descalzarse a la entrada antes de caminar por los suelos agradablemente cubiertos de suaves alfombras que hacen el paseo más confortable al tacto y a la vista que al olfato. Del interior de la mezquita llama la atención su luminosidad, propiciada por las infinitas ventanas que horadan sus muros y sus cúpulas, y la elegante ligereza de su estructura, sólidamente sustentada en el contrapunto de cuatro inmensas pero a la vez esbeltas columnas

La mezquita Azul, pero también la de Suleiman, la mezquita Nueva o cualquier otra de las mezquitas imperiales que embellecen el horizonte de Estambul se componen de un complejo de edificios adjuntos al templo en los que se prestaban servicios a la comunidad; la madrasa o escuela coránica, los comedores, los baños, el hospital… y también el türbe o mausoleo donde reposa el ilustre promotor del templo y su familia. Todas las mezquitas son interesantes, pero visitarlas todas puede llegar a ser una tarea agotadora, por eso, escoja una, dos, tres… disfrútelas y, después, relájese.

Los baños… turcos y contundentes

Llegado el momento del relax, el baño turco es una opción a considerar, de hecho, no debería abandonar Estambul sin haber pasado por uno. Es una tradición que forma parte de esta ciudad, que pasó directamente de la terma al haman.

Si desea disfrutar de uno, lo mejor es encaminarse a un establecimiento tradicional, como Cagaloglu o Çemberlitas, el primero a un paso de Santa Sofía y el segundo cercano al Gran Bazar. Hay que  decir que baños tradicionales y afamados como éstos son hoy coto casi exclusivo del turista. Pero no importa, siguen siendo igualmente bellos y además su carácter de “for export” asegura unos estándares aptos para los más escrupulosos.

Cuando se habla del baño turco, aún hoy es casi inevitable rememorar el cuadro del mismo nombre pintado por Ingrés. En el confluyen todas las ensoñaciones orientalistas y eróticas que Estambul suscitaba en la Europa del XIX: las odaliscas, los hamanes, los harenes repletos de mujeres desnudas acariciándose entre sí. Huelga decirlo, no es así.

Para empezar, una vez que el bañista ya sea hombre o mujer se ha despojado de su ropa y se ha cubierto con una tela suministrada al efecto, entra en la zona húmeda. De primeras, el shock térmico es importante, la sala se encuentra a una temperatura muy elevada y con una humedad del cien por cien. La rodean pequeñas alcobas con fuentes de agua fría y caliente y en el medio hay una superficie elevada de mármol sobre la que el cliente es invitado a tumbarse por un fornido profesional. Él será el encargado de la liturgia del baño consistente en mojar, exfoliar, enjabonar y aclarar al cliente que, simplemente, debe dejarse hacer. Digamos que esa fase se supera sin demasiado esfuerzo. El masaje que viene a continuación es una experiencia más dura. Las articulaciones son apretadas contra el duro mármol, la espalda aplastada y palmeada y, finalmente, el cuello retorcido sucesivamente hacia derecha e izquierda con uno de esos movimientos rápidos con los que Rambo se deshacía de sus enemigos. Fin del baño. Ahora puede pasar a una de las alcobas, verter sobre su cuerpo sucesivamente agua caliente y fría y darle gracias a Alá por haber sobrevivido. Dicho esto, y una vez recomendada la visita, dilucidar si el baño turco es un placer o una tortura es una decisión totalmente personal.
Cementerios y narguile

La muerte está siempre cerca de la vida y sus pequeños placeres y los turcos no sólo lo saben sino que lo aceptan.  Ese sano entendimiento del ciclo vital se traduce en las buenas relaciones de vecindad que se establecen entre quienes disfrutan del mundo y quienes les cedieron el puesto. Quizás por eso es frecuente que la parte superior de muchas tumbas se sustituya la losa de mármol por tierra para que nazca sobre ella hierba o plantas y es frecuente también que las tumbas convivan armoniosamente como silenciosos vecinos de bulliciosos cafés.

Cuando se pasea desde Çemberlitas hacia Santa Sofía a lo largo de la avenida del Diván (palabra que significa consejo imperial, algo así como el consejo de ministros) el trayecto está salpicado de antiguos y diminutos cementerios, más cuidados unos, agrestes otros, y si nos aventuramos en su interior, más allá de las tumbas encontramos que su parte trasera hace tiempo que se transformó para albergar animados cafés donde más foráneos que locales se deleitan con el narguile, la espectacular pipa de agua, con la que se fuma tabaco aromatizado con sabor a rosas, manzanas, te turco o cualquier otra mezcla. No es el narguile un invento turco pero para cualquier visitante aspirar su humo en un enclave singular y pintoresco como éste es como inhalar la esencia misma de un Estambul pretérito e idealizado.

Sin embargo, ni los cafés ni los cementerios se agotan a lo largo de Divan Yolu. De hecho, es prácticamente inexcusable acercarse hasta el barrio de Eyüp, zona extramuros en la época bizantina. Allí, encaramado en una de las siete colinas sobre las que se asienta Estambul, se encuentra el cementerio más prestigioso de la ciudad. Abu Ayyub al-Ansari, compañero y abanderado de Mahoma, murió y fue enterrado en el lugar cuando el ejército árabe trataba de conquistar la ciudad en 688. Su tumba quedó luego olvidada hasta que la conquista de Constantinopla por los turcos, la identificó nuevamente como un lugar de honor. A partir de ese momento Eyüp se convirtió primero en un prestigioso camposanto donde muchos oficiales deseaban ser enterrados y después en el abigarrado cúmulo de sepulturas arracimadas en la falda de la colina que es hoy.

Pasear por el barrio de Eyüp camino de la cumbre es también transitar por un área que se ha ido transformando a lo largo de los últimos años en una zona islamista y conservadora donde poco a poco los bares y locales de diversión han ido desapareciendo casi en su totalidad. La reseñable excepción es el café Pierre Loti que desde la cima de la colina ofrece a los parroquianos una vista cercana del cementerio y una panorámica del Cuerno de Oro hasta el puente Gálata.

Derviches y Odaliscas

Otra forma de elevarse hacia el cielo, pero menos definitiva, es la que protagonizan los derviches, la orden mística sufi cuyos miembros encuentran el trance mediante una danza que los lleva a girar incansablemente con la mano derecha elevada hacia el cielo para recibir la gracia y la mano izquierda vuelta hacia la tierra para transmitir esa gracia al mundo, es la ceremonia del Sema, declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.

Aunque la orden sufí de Mevlevi, bajo cuya advocación están danzantes y músicos, la crearon los seguidores del persa Rumi (del que se celebran este año 800 años de su nacimiento), los derviches han tomado carta de naturaleza en Turquía. Su imagen es considerada tan popular y propia que incluso en las tiendas de recuerdos se venden muñecos de estos peculiares danzantes.

Por su capacidad de atracción turística, son muchas las tiendas del casco histórico que venden entradas para la ceremonia del Sema que celebran públicamente tres veces a la semana los miembros de la congregación Mevlevi de Galata. También el lugar de celebración es de por sí digno de interés: una antigua sala de espera de la estación de tren de Sirkeci. Aunque el nombre en sí no nos diga nada, tras su presente funcional como intercambiador de transporte, esconde un ilustre pasado ya que la estación fue construida en 1889 como punto terminal del legendario Orient Express.

Con el hilo conductor de la música y el baile, Estambul nos brinda la posibilidad de pasar de la mística sufí a la sensualidad de la danza del vientre. Desgraciadamente, en la ciudad es más fácil adquirir vestuario para practicarla que encontrar espectáculos genuinos fuera de los canales turísticos. La mayoría de los programas que incluyen este tradicional y sugestivo baile, suelen mezclarlo con un potpurrí en el que entran un sin fin de danzas folklóricas de la extensa Turquía y una cena no opcional a precio muy elevado.

Del Gran Bazar al puente Gálata

Estambul, puerto clave entre oriente y occidente, ha sido por milenios una ciudad dedicada al comercio y la fama de su gran bazar viene de antiguo. Aunque este intrincado laberinto de tiendas construido en 1464 escapa a las definiciones, los datos nos permiten bosquejar un perfil. Tiene entre tres mil y cuatro mil tiendas distribuidas en 58 calles cubiertas lo que le convierte en uno de los mayores mercados cubiertos del mundo. En su interior hay también dos mezquitas, una comisaría de policía, docenas de bares y restaurantes, talleres de artesanía, almacenes… entre sus varios cientos de miles de visitantes diarios se cuentan tanto estambulíes como turistas que acuden atraídos por las telas, ropa, lámparas, alfombras, orfebrería, joyería, especias, dulces, tes y otras mercancías cuya compra requiere un trabajoso regateo si aspira a conseguir un precio justo.

Menos apabullante en tamaño pero igualmente atractivo es el Bazar Egipcio o Bazar de las Especias y sus callejuelas adyacentes donde, entre otras cosas, se encuentra la mercancía que le da nombre así como gran variedad de aceitunas, quesos, pescados y otros artículos más orientados a las necesidades del día a día que los presentes en el Gran Bazar.

Para llegar desde este mercado al puente Gálata no hay más que cruzar la calle. Allí, en la zona conocida como Eminönü se encuentra un ajetreado intercambiador donde confluyen el tranvía ligero, líneas de autobuses, taxis y transbordadores marítimos. Es por tanto una zona muy populosa por la que unos pasan en tránsito, algunos distraen su ocio lanzando su anzuelo al agua desde las barandillas del puente y muchos aprovechan para comer un bocado rápido pero absolutamente digno de la mejor cocina mediterránea: peces recién pescados y asados, servidos con rodajas de tomate. Si se quiere comer con más reposo, bajo el mismo puente florecen un ramillete de restaurantes especializados en pescado que junto a sus platos ofrecen la mejor vista del Cuerno de Oro y el horizonte de la ciudad.

El Bósforo palaciego y marítimo

Desde Eminonu es posible subir a bordo de una de las naves que transitan por el Bósforo y recrear, inspirados por Espronceda, la experiencia del más famoso pirata de nuestra literatura poética. Aunque sin cañones por banda, nada más zarpar tendremos “Asia a un lado, al otro Europa, y allá a su frente Estambul”. Dejando el mar de Mármara a popa, los barcos ascienden por el estrecho del Bósforo haciendo el camino que los estambulíes acomodados y los ricos sultanes recorrieron hace tiempo para ubicar en sus orillas casas de descanso y residencias.

La primera de todas en salirnos al paso y la más impresionante, es el Palacio Dolmabahce, un ostentoso edificio decimonónico cuyos jardines ocupan 600 metros lineales de ribera. Es europeo, majestuoso y deslumbrante  en su interior. El salón principal tiene 2.000 metros cuadrados y su araña central, regalada por la Reina Victoria de Gran Bretaña, contiene cuatro toneladas y media de cristal de Bohemia. De hecho, el palacio atesora la mayor colección de cristal de Bohemia y de Baccarat del mundo y tenemos la suerte de poder verlo completamente amueblado y decorado con sus telas, encajes, sedas, alfombras, cuadros… tal como quedó cuando la proclamación de la república en 1923 almacenó para siempre el lujo del imperio en el congelador de la Historia.

Para pagar su construcción y decorarlo se emplearon 35.000 kilos de oro (que al precio actual del metal equivaldrían a 580 millones de euros) y supuso junto a los conflictos bélicos, uno de los motivos de la decadencia final del imperio otomano.

El palacio Dolmabahce fue construido para sustituir al vecino de Topkapi, al otro lado del Cuerno de Oro, que carecía de las comodidades y el concepto de un palacio moderno, y para proclamar la magnificencia del sultán y su imperio. En total ocupa 45.000 metros cuadrados y alberga 285 habitaciones, 46 salones, 6 baños turcos y 68 cuartos de baño.

Siguiendo el viaje estrecho arriba, en la misma orilla y a tiro de piedra, aparece el palacio Ciragan, promovido por el Sultán Abdülaziz en 1863, que fue residencia, lugar de obligado confinamiento del depuesto Murad V y parlamento por dos meses, hasta que un incendio en el sistema de calefacción acabó con su interior en el año 1910. Hoy constituye la parte más lujosa del Hotel Kempinsky si bien sólo su fachada es original mientras que su interior fue objeto de una criticada reconstrucción, mucho más comprometida con mantener bajo el presupuesto que con el respeto a su esencia arquitectónica.

La singladura por el Bósforo permite ver al paso mezquitas, muelles, piscinas flotantes, murallas, los puentes de suspensión, y, sobre todo, los centenares de villas y casas, en madera las más antiguas de ladrillo las actuales, que turcos y un creciente número de extranjeros han ido construyendo como segundas residencias, atraídos por la belleza de la costa. Desde el barco además, se aprecia la importancia de este estrecho como vía de navegación ya que es continuo el transitar de naves en uno y otro sentido. De regreso, el viaje tiene un broche final admirable: la visión del casco histórico de Estambul rompiendo el horizonte con docenas de minaretes que se incrustan en el cielo y el mar acariciando suavemente los cimientos de su historia.

Transporte público: Por tierra, mar y aireLa red de transporte público de Estambul es absolutamente omnimoda, sus usuarios viajan por tierra, mar y aire. Del aire se ocupa un teleférico que desde las alturas de Eyup, a los pies mismos del Café Pierre Loti, se puede tomar por el módico precio de un billete de autobús para descender al nivel del estuario del Cuerno de Oro.

En tierra la oferta es variada y en parte peculiar. Conviven múltiples líneas de autobús, de metro, varias líneas de tranvías modernos y un tranvía “retro” entre Taksim y Tünel con vagones-reliquia de ritmo lento e interiores artesanalmente fabricados en madera. Orhan Pamuk describe este antiguo tranvía en sus memorias pero también podría haberlo hecho su abuelo porque los años no lo han cambiado y a día de hoy, sigue igual. Recorre poco más de kilómetro y medio por la calle peatonal más comercial de la ciudad y merece la pena montar en él y ver los establecimientos que discurren a ambos lados mientras que muchos estambulíes abordan el vehículo en marcha ante la permisiva tolerancia del conductor.

Para el visitante también resulta de especial interés la línea Zeytinburnu-Kabatas del tranvía moderno ya que recorre y tiene parada en todos los monumentos históricos de interés: Santa Sofía, Mezquita azul, Topkapi, Cemberlitas, Gran Bazar, Estación, Puente Gálata, etc. funciona de 6 a 0 horas y su frecuencia durante el día es muy buena.

Igualmente útil es el funicular subterráneo en uso desde 1875 y recientemente renovado, que salva el acentuado desnivel entre Karaköy, a la orilla del Bósforo, y la Plaza Tünel.

Finalmente, hay una gran cantidad de líneas marítimas que dan servicio regular a 27 paradas que comunican el casco antiguo con el otro lado del Cuerno de Oro o cualquiera de estos dos con distintos puntos de la parte asiática de la ciudad.

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