Omnifoto imágenes de un fotógrafo accidental

El amor en los puentes del Sena

Omnifoto- Paris

por J. Alberto Mariñas

Decir que París es la ciudad del amor es un tópico, seguramente el tópico al que se han dedicado más metros de celuloide y más páginas de literatura. Sin embargo, sin miedo alguno al lugar común o ajenas por completo a él, miles de parejas de todas partes del mundo se emocionen y consagran cada día su amor en los puentes del Sena.

No me refiero a una escénica consumación carnal sobre las aguas del río, sino a un acto mucho más simbólico: fijar un candado con el nombre de la pareja a un puente y tirar la llave al agua.

Cuando se ven desde el aire, los ríos son como las venas del mundo y quizás por eso en toda Europa, de París a Moscú, miles de parejas con el corazón inflamado de amor quieren ligar su pasión al eterno devenir de su sangre azul. Lo he visto en el Sena, en el Volga, en el Tíber… las barandillas, rejas o verjas que protegen sus puentes se pueblan de una ingente cantidad de candados dedicados que no deja de crecer. Dos nombres, una fecha, el clic que bloquea la cerradura y después el paso decisivo, lanzar la llave al río para que nadie pueda nunca desligar ese vínculo de amor, simbólicamente tan resistente como el acero que lo une.

Claro que a veces, hasta las tradiciones colisionan como si el mundo no fuera suficientemente grande para albergar todas nuestras ansias. En mi última visita a París, participé de otro tópico del que nunca había disfrutado, un paseo en el Bateau Mouche. Escogí la hora mágica, el momento en el que la luz solar se eclipsaba y la ciudad encendía sus luces, un lapso efímero que diariamente regala a quien quiera observarlo, los colores más hermosos y las escenas más saturadas. Todo era perfecto menos el frío viento que retiraba de la cubierta a los turistas más sensatos y los llevaba a refugiarse tras los cristales.

Entre Notre Dame y el barrio latino, entre La Santé y el Grand Palais puente tras puente el bateau andaba su camino y yo desde la cubierta más alta recogía con mi cámara la ciudad en rededor, bonita, iluminada, azul con la monótona banda sonora del trafico y el ruido de la urbe convertido en murmullo. Un puente superado, otro más, en cada arco un sonido a oquedad y de repente al salir de uno de ellos, un grito agudo que desfallecía y un tintineo en cubierta. No sé por qué pero en décimas de segundo lo intuí. Aparté mi cámara de la cara, miré alrededor y allí estaba. Una promesa de hierro, tibia aún por el calor de una mano y quién sabe si de un beso, una ofrenda, un símbolo. Una llave, la de un candado que acababa de ser fijado a un puente del Sena. No lo pensé dos veces, la arrojé con fuerza al río, gesticulante, con la esperanza de que la angustiada protagonista del grito viera con alivio que, a pesar de todo, finalmente las aguas del Sena engullían para siempre la llave de su amor.

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