Omnifoto imágenes de un fotógrafo accidental

Costa Amalfitana

por J. Alberto Mariñas

Poco imaginaban los romanos que empezaron a hollar los caminos de la escarpada costa del Golfo de Salerno que, muchos siglos después, su elección de estas playas y montañas como lugar de vacaciones iba a ser revalidada por la historia y que las generaciones venideras, desde la edad media al siglo XXI, iban a tener en Amalfi, Ravello, Positano… un lugar predilecto pese al difícil acceso que aún hoy reta a los más audaces conductores.

La costa amalfitana, con su reguero de pueblos, todos a poca distancia pero unos en las cumbres y otros en las playas, es un lugar singular declarado patrimonio de la humanidad en 1997. Para recorrerlos hay que discurrir por la carretera estatal 163, una colección de curvas cerradas –las rectas simplemente no existen- en una vía tan estrecha que no basta con circular a 30 kilómetros hora sino que, en ocasiones, es necesario detenerse y retroceder para dejar pasar al vehículo que circula en dirección contraria.

A lo largo de ese tortuoso camino se ve el esfuerzo del hombre capaz de convertir las montañas en terrazas para cultivar el suelo y se ve también cómo el ser humano gusta de disfrutar de la vista y el mar con palacios y villas que brindan a sus habitantes un deleite panorámico.

Amalfi, la localidad que da nombre a la costa, fue en tiempos una república marítima independiente y hoy su catedral lo rememora. Sin embargo, lo que destaca y atrae en la Costiera Amalfitana no son las perlas de la singularidad, ni la interminable lista de visitantes ilustres desde Boccaccio o Wagner a Greta Garbo, Steinbeck o Rosellini sino la representación del buen vivir, la joie de vivre o el carpe diem al que invitan las aguas turquesas de esta costa.

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J. Alberto Mariñas

(prohibida la reproducción de textos y fotos sin autorización expresa)

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